Antes de dividir el día en veinticuatro horas, los pueblos de Asia oriental lo partían en doce segmentos. Se llamaban las «doce horas dobles», o shichen, y una de ellas equivale a unas dos de nuestras horas modernas. A cada una se le dio, por turno, el nombre de uno de los doce animales del zodiaco, conocidos por los signos del año. Era un sentido del tiempo más pausado, que llamaba a las horas no por números, sino por los nombres de animales.
La estructura va así. El día empieza con la «hora de la rata», que abarca la mitad de la noche —más o menos de las once de la noche a la una de la madrugada—, y luego fluye por la hora del buey, la del tigre, la del conejo, y así hasta la última, la del cerdo. El punto culminante del mediodía cae en la «hora del caballo»; en muchas lenguas de Asia oriental el carácter de la hora del caballo es la mismísima palabra para mediodía. Así, doce animales guardaban cada uno una porción de dos horas del día.
Estas doce horas calaron en la vida diaria. La apertura y el cierre de las puertas de la ciudad, y el marcar el tiempo con campana y tambor, se ajustaban a las horas dobles; y, sobre todo, la «hora de nacimiento» tan importante en el saju se calcula por estas mismas doce. El saju eleva el año, mes, día y hora de nacimiento a cuatro pilares, y ese último pilar, el «pilar de la hora», se fija por en qué hora doble naciste. Así, dos personas nacidas el mismo día, pero en horas dobles distintas, tienen cartas de distinta veta: si el signo del año es el animal de tu año, la hora de nacimiento añade uno más, el animal de tu hora del día.
Hay, no obstante, algo que conviene decir con honestidad. Las doce horas no eran, en su raíz, una adivinación que afirmara causas, sino un «lenguaje del tiempo» que partía el día apoyándose en el fluir de la naturaleza. Se dice que los antiguos emparejaban cada hora doble con el momento en que creían a ese animal más vivaz, colocando a la diligente rata, por ejemplo, en la quieta hondura de la noche. Esto es menos una causa científica que una tierna imaginación que recordaba el ritmo del día a través de las figuras de los animales. Es también una cultura compartida por varios países de Asia oriental.
Así que las doce horas son menos un veredicto de que «la hora en que nací fija mi fortuna» y más una ventana a cómo Oriente sentía el fluir de un día. Esa manera pausada de llamar a las horas por nombres de animales, en vez de por una esfera de números, hasta puede dejarnos recobrar el aliento en medio de un día ajetreado. Como siempre en FortuneLeaf, esto se ofrece no como un destino fijo, sino como un pequeño placer de saborear un día con más hondura.