El portugués y el gallego tienen una hermosa palabra difícil de llevar a otras lenguas: «saudade». Significa un anhelo tierno y agridulce hacia alguien o algo que ya no está a tu lado. Una persona que se fue, un tiempo que no volverá, un hogar lejano: el sentimiento de una ausencia que duele aún más porque fue amada. Es el corazón del melancólico canto portugués «fado», y una emoción antigua de las culturas de lengua portuguesa, incluida Brasil.
Lo que hace especial el matiz de la saudade es que no es pura tristeza. Dentro de ella, junto al dolor de la pérdida, corre el cálido recuerdo de haber amado a esa persona, ese tiempo. «Es triste que no podamos volver a vernos» y «agradezco que algo tan precioso fuera mío» se superponen en un solo sentimiento: por eso la saudade es un anhelo extrañamente tierno que reluce apenas incluso entre lágrimas.
¿Por qué es un consuelo dar un nombre a tal sentimiento? El anhelo y la pérdida suelen tratarse como «algo que superar pronto», pero la saudade nos dice que está bien sostener el sentimiento tal cual es, sin expulsarlo a la fuerza. Cuando no te avergüenzas de echar de menos a alguien y miras también el amor contenido en ello, el anhelo, en vez de romperte, se vuelve un lugar tierno para recordar lo precioso que has atravesado.
El modo sabio de acoger la saudade es humilde. Cuando venga el anhelo, no eches el sentimiento como algo malo; ponlo un rato en calma a tu lado: recordar a quien se fue, escuchar una canción que amaba o mirar con ternura una foto de aquel tiempo va bien. Pero cuando el duelo de la pérdida sea tan hondo que la vida diaria se derrumbe mucho tiempo, en vez de aguantar solo, toma la mano de quienes te rodean y, si hace falta, de un profesional: el duelo necesita personas que te acompañen. Como siempre hace FortuneLeaf, lo que este tierno sentimiento ofrece no es una magia que borra la herida, sino una reflexión suave que te deja mirar de nuevo el amor que habita en el anhelo, pues que añoremos algo tanto es tierna prueba de que lo amamos así de hondo.