Cuando un amigo cercano sufre por un error, solemos decirle con calidez: «No pasa nada, a cualquiera le puede ocurrir». Pero cuando somos nosotros quienes cometemos el mismo error, tendemos a fustigarnos: «Cómo no, ¿por qué soy así?». La actitud de ofrecerte a ti mismo el mismo corazón cálido que darías a un amigo se llama autocompasión. Esta mente que te ve y te sostiene no es, en verdad, debilidad, sino la raíz misma de la fuerza para volver a levantarte.
Los psicólogos dicen que la autocompasión reúne tres matices. El primero es la amabilidad contigo mismo: tratarte con suavidad en vez de reprenderte. El segundo es la «humanidad común»: recordar que «no soy solo yo quien falla; vacilar y equivocarse es lo que atraviesa cualquier persona». El tercero es la atención plena: ni reprimir los sentimientos dolorosos ni ser tragado por completo por ellos, sino notarlos tal como son: «ah, ahora mismo estoy sufriendo mucho».
Deshagamos un malentendido común. La autocompasión no es autojustificación ni una excusa para la pereza. Al contrario, los estudios dicen que quienes se tratan con amabilidad se recuperan mejor tras el fracaso y vuelven a intentarlo con más facilidad que quienes se fustigan. Castigarte no te hace mejor; solo cuando estás sostenido con seguridad surge la fuerza para afrontar un error y aprender de él.
El modo sabio de cultivar la autocompasión es humilde. En un momento difícil, evoca: «Si mi amigo cercano estuviera pasando por esto, ¿qué le diría?», y ofrécete esas mismas palabras. Poner una mano en el pecho y decirte «te esforzaste mucho» también va bien. Pero cuando el dolor interior sea demasiado hondo y prolongado, en vez de aguantar solo con la autocompasión, toma la mano de quienes te rodean y, si hace falta, de un profesional. Como siempre hace FortuneLeaf, lo que esta mirada amable ofrece no es una gran solución, sino una reflexión suave que te deja odiarte un poco menos, pues la persona que más tiempo te acompañará en este mundo eres, al final, tú mismo.