En la fisiognomía las orejas no son una parte que se muestre tan vistosa como los ojos, la nariz o la boca, y sin embargo se han tenido por muy importantes desde antiguo. Los antiguos llamaban a la oreja el “Órgano de la Escucha” (chaecheong-gwan), una puerta que recibe los sonidos del mundo, y la veían como reflejo de la fortuna y la longevidad innatas de una persona y del receptáculo de la niñez. Sobre todo al leer un rostro por el fluir de la edad, las orejas se leen en general como rigiendo la fortuna temprana, del nacimiento hasta cerca de los catorce.
Primero se mira el tamaño y el grosor de la oreja. Una oreja grande, carnosa y de aspecto firme se toma como de amplia fortuna innata, salud y un gran receptáculo de corazón, y el viejo dicho de que “quien tiene orejas grandes tiene mucha fortuna” se transmitió largamente. A la inversa, una oreja fina y de aspecto frágil puede leerse como un temperamento agudo y delicado — mas esto no es defecto sino un grano de cuidado y sensibilidad, así que no es cosa de dividir con prisa en bueno y malo.
Lo que se nota en especial en la oreja es el lóbulo de abajo, el suju. Cuando el lóbulo es carnoso y cuelga hacia abajo, destacando como una cuenta, se toma como de espesa fortuna de riqueza y favor humano, a menudo contado como representante de un rasgo bendecido. Que las orejas del Buda se dibujen largas y de lóbulos amplios toca esta misma noción. A la inversa, una oreja casi sin lóbulo — la llamada “oreja de cuchillo” — se ve como un temperamento de decisión rápida e intelectual, leído a menudo como quien abre su propio camino por honor o destreza más que por riqueza.
Se miran también el color y la posición de la oreja. Una oreja más blanca y clara que el tono del rostro se ve como energía para ganar un nombre o brillo de mente; una oreja puesta más alta que las cejas se dice que marca despierta viveza desde joven. Cuando las crestas internas de la oreja son distintas y el contorno claro, se ve también que el juicio es brillante y el aprendizaje bien recibido. Así la oreja, dividiendo tamaño y grosor, lóbulo y color en muchos granos, refleja en silencio la fortuna y la naturaleza de una persona.
Mas el principio más importante en la fisiognomía es que la oreja nunca se juzga sola. Por fina que sea la oreja, si los demás picos del rostro — frente y nariz, mentón y pómulos — no están en armonía, esa fortuna apenas se muestra plena; y a la inversa, aun si la oreja es algo escasa, cuando el todo está equilibrado, esa carencia se llena con facilidad. La oreja alcanza su pleno sentido solo cuando se mezcla con las demás partes dentro del único paisaje de un rostro.
Mas lo que no hay que olvidar es que la forma de la oreja no clava ni fija el destino de una persona. Un rostro se hace mientras el tiempo vivido y el corazón se apilan en capas sobre el hueso con que se nace, y las expresiones que a menudo se llevan y la postura ante la vida desplazan poco a poco su grano a lo largo de muchos años. El hábito de un corazón que escucha y recibe bien es en sí un cultivar de la energía de la “escucha” guardada en la oreja. Así, leer un rostro es menos confirmar una fortuna fija que alzar un espejo que refleja quién eres ahora.
Aquí está la razón de FortuneLeaf para presentar la lectura de las orejas — no para alinear a la gente por si la oreja es grande o pequeña, si hay fortuna o no, sino para ayudarte a comprender, con claridad y ternura, la energía guardada en este asiento que en silencio escucha al mundo. Pues los muchos asientos de un rostro no son un destino endurecido, sino un paisaje vivo que la expresión y el corazón de hoy remodelan, un poco de nuevo, cada día.